Nora Aslan expone en Gachi Prieto un fabuloso bestiario

Por Celina Chatruc  | LA NACION


El grito es silencioso pero aturde. El ratón abre su boca, parado en dos patas, y es posible imaginar su chillido escalofriante. ¿Qué ocurriría si pudiéramos escuchar a la vez el lamento de todos los animales reunidos en esta pequeña sala?

Las criaturas convocadas por Nora Aslan en la galería Gachi Prieto parecen tener una misión: restablecer ese vínculo perdido con la naturaleza salvaje. Recordarnos que hubo vida detrás de ese conejo embalsamado, de ese león devenido alfombra, de aquel oso que muestra sus fauces desde una pared o de los esqueletos que simulan volar dentro de un museo de historia natural. Mostrarnos que, en palabras de la artista, “hay algo que no funciona como debería funcionar”.Pelos, huesos, garras, plumas y una breve secuencia de pormenores se titula la muestra curada por Eduardo Stupía. Lejos de reproducir “la típica galería de formatos varios con alegorías melancólicas”, aclara este último, Aslan explora un “ambiguo territorio donde lo extraño, lo inesperado, lo inquietante se empeña en resultarnos bizarramente familiar”.Una forma de iniciar el viaje es tomar los pequeños binoculares que cuelgan junto a una serie de collages realizados por la artista durante este verano, luego de que una caída la obligara a guardar reposo. Al calor de esa quietud se incubaron seres mitológicos, dinosaurios, insectos, naturalezas muertas y paisajes oníricos que, combinados, provocan tensión e infinidad de sentidos.Esos seres, que ella llama “testigos”, ya asomaban en su libro Etcétera, presentado en 2011 junto con una intervención en el Espacio Vidriera de Tramando. Martín Churba se sintió atraído por su mirada certera, aguda y sensible, que aborda el mundo con humor a través de diversas disciplinas.

Ahora, Aslan convirtió la galería ubicada en el corazón de Villa Crespo en un enorme collage tridimensional. Está formado por versiones superpuestas de algo que -intuimos- fue real. Hay que acercarse a la pared cubierta por cuadrados verdes para trascender la apariencia selvática y descubrir las vistas a un jardín desde un balcón, el detalle de un cuadro del siglo XVIII o el registro de un grafiti captado en las calles de Brasil por un espíritu curioso y siempre atento.

Nada es lo que parece. Incluso el tierno oso de juguete se vuelve siniestro cuando alcanzamos a ver el relleno de paja a través de sus extremidades sin garras, y algo parecido a la tristeza en esos fríos ojos de plástico.

“Aquella mirada entre el hombre y el animal -observa el crítico, pintor y escritor John Berger en un texto dedicado a los zoológicos-, que probablemente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana y con la que, en cualquier caso, habían vivido todos los hombres hasta hace menos de un siglo, esa mirada se ha extinguido.”

 


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