Clarín. Revista Ñ. Silvana Lacarra

Por Julia Villaro |


 

Así como la geometría irregular de las casillas, en los suburbios de la provincia de Buenos Aires, corta súbitamente la llanura del cielo; así cortan papeles y cartones las delgadas láminas de fórmica con que Silvana Lacarra ha construido estos paisajes abstractos. No es construir una palabra al azar: ante las piezas que integran “La amorfo” sobreviene la idea de ensamble, de superposición, un esquema sencillo que se complejiza, un juego de encajes en el cual poder dejar en evidencia lo imponderable del desencaje.

Ubicando la materialidad en primer plano, la obra de Lacarra discurre casi siempre por senderos geométricos, no necesariamente abstractos. “Hitos de un mapa de la experiencia de la artista” (dice Fernando Farina en el texto que acompaña la muestra) sus piezas –concebidas como pinturas, llevadas a cabo, torno y caladoras en mano, casi como esculturas- establecen una suerte de geometría afectiva, donde la historia detrás de los materiales (de la fórmica que evoca los hogares de la clase media argentina de algunas décadas atrás, pero también de los papeles de dibujo de sus bocetos o las ramas secas de los árboles, rescatadas en sus caminatas por los campos de Carlos María Naón) hace su silencioso acto de presencia. Nada es dicho en relación a los motivos –más o menos íntimos- que la artista tuvo para decidir qué fragmento de material utilizar. Una vez seleccionados, los fragmentos trabajan, solos cuentan sus rugosidades y tersuras, y la rigurosidad quirúrgica con que fueron cortados y ensamblados.

Hay algo inexorable en la materialidad de esta artista. “Se trata de obras – continúa Farina- que realiza con absoluta economía de medios. De allí la cuidadosa selección que hace de cada elemento, de cada forma, de cada color. Es que al ser los materiales centrales en su obra, lejos de negarlos, Lacarra trata de exponerlos en toda su condición, en su fortaleza y fragilidad, en su maleabilidad o aspereza”.

Nada más lejano a lo amorfo –en tanto falta de regularidad y de forma- que la límpida estética de esta artista. Y sin embargo en las piezas de “La amorfo”, se aventura un cambio de rumbo, el deseo de dejar ver el sinsentido, y que se vuelva sentido. Tenemos en primer lugar la incongruencia de géneros del título. “Amorfo encierra la palabra amor”, dice Lacarra. ¿La amorfo podría ser entonces el lado femenino del amor? ¿Qué del amor podría haber en la quietud de estas piezas, con sus alternancias de calor y frío y sus cortes abruptos? Cualquier resonancia no será coincidencia. Hay algo de precariedad en esta suerte de superposición de capas con que compone la artista –sobre la fórmica el cartón, el papel y hasta los antiguos hojalillos con los que emparchábamos las hojas en la escuela-. También de capas precarias están hechos los amores. Lacarra camina por el campo y atiende a las casas marginales, que como pueden se levantan por el paisaje. En ellas también la precariedad se manifiesta. La fórmica es fría, el cartón –como el amor- abriga cuando nada más lo hace. La diferencia entre ambos materiales es háptica, óptica, conceptual y hasta económica.

Como una humanización de lo inerte, todas las piezas cuentan sus pequeñas historias. En un tríptico de piezas pequeñas, el azul celeste resalta contra la opacidad del papel misionero. Aquí la fórmica se deja besar por las otras superficies. También abraza: en otro tríptico es ahora la fórmica la que se superpone al cartón y lo agarra, lo sostiene. Lacarra cuenta que buscaba trasladar a la obra un gesto bien humano, que no se puede describir con palabras pero que tiene que ver con el afecto y sobre todo, el sostén. En un plano rojo (el color de la fórmica supeditado a la disponibilidad de la industria, o a lo azaroso de un retazo que llega a sus manos como obsequio) las formas que aparecen no han sido dibujadas, sino totalmente caladas (el corte es siempre su gesto por excelencia) sin ser desprendidas. Podríamos sacarlas si quisiéramos, y esa mera posibilidad devuelve la obra entera una vez más a la intemperie; a la precariedad de lo que existe, y podría en cualquier momento dejar de ser.

Con esa misma intención la artista ha elegido dejar, en los retazos de plástico acanalado que alguien le regala y con los que ahora forma obra, los agujeros por los que pasaban los tornillos que otrora sujetaron el revestimiento plástico a la pared de una casa. El deseo de mostrar imperfecciones –ese agujero en el plástico, como una piel herida, es lo más orgánico que encontramos en esta serie de piezas- aparece con el correr de las obras, en el relato que traman, y es algo novedoso en la estética de esta artista. Una combinación extraña de frialdad y ternura. No hay espacio para el gesto orgánico en las obras, y sin embargo ahí están ellas evocando la carencia, el afecto, la necesidad de abrigo. Entre la geometría y el paisaje, no es la forma que se abstrae, sino el recuerdo hecho forma, evocando una y otra vez la fragilidad de la casa –la propia, la de otros- como refugio, único enclave posible entre el hogar y la intemperie.