Clarin. Andrés Waissman en Gachi Prieto Arte Contemporáneo

Por Laura Casanovas | Una nube suspendida como una pregunta.

Es difícil evitar la perplejidad ante la masa de cientos de kilos de metal que se oxida en la galería Gachi Prieto.


Estoy frente a la instalación del artista Andrés Waissman en la Galería Gachi Prieto, en el barrio de Villa Crespo. De pronto, recuerdo el título de un hermoso libro álbum para niños, Lo que hay antes de que haya algo, del dibujante Liniers. Eso que hay antes de que haya algo se hace visible en una de las páginas como un ser oscuro con múltiples ramificaciones, que remite a los miedos nocturnos de la infancia. La obra de Waissman es una masa monumental también oscura suspendida en el espacio y realizada con cientos de kilos de hilos de metal. ¿Posible monstruo de una pesadilla infantil? ¿Catarata de lodo que se precipita hacia el espectador desde lo alto? Ideas y percepciones iniciales de una propuesta atrayente, de múltiples sentidos, generosa.

“El artista presenta una versión radical de sus obras realizadas en viruta. A diferencia de los trabajos anteriores donde el material se despliega sobre un bastidor en posición frontal al espectador, esta vez construye un enorme conglomerado en la parte superior de la sala. (…) Esta reconfiguración de la experiencia estética asegura un acercamiento contundente a la realidad que el artista quiere compartir (…)”, escribe Lara Marmor en el texto curatorial de la muestra. Con una extensa trayectoria vinculada sobre todo a la pintura, Waissman propone este giro para su obra, en sintonía, sin embargo, con sus preocupaciones e intereses de siempre. “Es un mundo en movimiento y no dejo de pensar que estas son multitudes. Lo pienso desde el tema de la humanidad como primer paso para todos mis trabajos. Y para mí condensa una cuestión política en este momento del mundo, estamos ante algo que amenaza, que se corrompe y que se erosiona”, me comenta el artista frente a su instalación. Entre sus trabajos paradigmáticos se encuentra la serie de pinturas Multitudes, la cual tiene distintos momentos a lo largo del tiempo y remite a un concepto tan actual vinculado con la teoría política.

La viruta irrumpe en su quehacer artístico hace diez años, pero el vínculo se inicia en su infancia. Me cuenta que vivía en una casa, en el barrio de Belgrano, que una vez al año se inundaba, tras lo cual lavaban los pisos con este material. Luego tuvo un negocio de muebles viejos y, gracias a ella, quedaban como nuevos. Así se fue enamorando de la viruta. “Es un material posindustrial, filoso y, sin embargo, no sé si parece tan agresivo en esta obra”, señala. La instalación de Waissman se llama Encapotado, denominación del cielo cubierto de nubes tormentosas. Y en ella está presente la acción del agua que la convierte en un organismo vivo mutando por su efecto –cada tanto el artista la moja–, lo cual provoca la oxidación de las finas tiras de metal. Modificación imperceptible y, a la vez, concreta: el color plateado inicial empieza a alternar con marrón; cambian las luces y sombras; la gran masa se desintegra lentamente al caer el material al piso en forma de polvo dando lugar a una huella, residuo, otra obra. Podemos, asimismo, pensar en una transformación del título, al ligar encapotado con capote –capa de abrigo–. Porque es posible ver la obra situándose en su interior buscando cobijo. Desde esta perspectiva observamos la estructura en forma de red, de alambre trenzado, sobre la cual se apoya la viruta. Este armazón es lo único que quedará cuando aquella se haya convertido toda en polvo y, al imaginarlo, se nos presenta como prisión o protección. Tal vez obstáculos y oportunidades de las multitudes, de cada ser en movimiento.

Vuelvo a recordar el título del libro para niños, Lo que hay antes de que haya algo. Eso que existe en la imaginación infantil y probable metáfora de miedos y conflictos del mundo actual. O eso sin una forma definida, un nombre, pero que engendra la opción de un nuevo comienzo de signo opuesto. Marmor escribe: “Mientras la masa gris y espesa se encuentra suspendida, el óxido se desprende y las partículas del polvo caen como si fueran cenizas o vestigios de una civilización que parece estar cayéndose a pedazos. Aunque claro… después del encapotamiento el cielo siempre se aclara”.

 

 


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